viernes, 20 de octubre de 2017

Clifton Jazz


La historia que se cuenta es solo ficción. Cualquier parecido con personas verdaderas, o con hechos reales es pura coincidencia.

El tiempo a veces pasa de prisa y otras veces no. Una vez un médico amigo me dijo que se debe a una cuestión de neuronas y a una sustancia llamada dopamina. En mi caso personal debo tener mucha dopamina porque casi siempre siento que el tiempo vuela. Esa sensación subjetiva ha dominado gran parte de mi vida, en especial desde que me vine un tipo grande y el siglo XX giró en dirección a uno nuevo.  
Los años se han acumulado desde entonces casi como en un alud.
A veces me desoriento y ando rastreando en la Internet y en los archivos de mi computadora. ¿Realmente estuve en Brasil en el 2009? ¿Es verdad que mi automóvil lleva ya cinco años de uso? Todo me parece mentira. Soy tan ingenuo como un chico y tan desconfiado como un viejo.
Lo cierto es que conocí a Daniela en el año 2013. Era la camarera de un nuevo bar que llevaba poco tiempo instalado en la zona de la ciudad donde vivo. Pasó de manera rauda frente a mí y atravesó la puerta principal de la esquina. Me causó tanto impacto que enseguida entré para poder verla de nuevo. Eran las once de la mañana y pedí un café. El lugar se llamaba Clifton Jazz y ese nombre me causó un poco de extrañeza. Me costaba asociar el jazz a un barrio como el mío.
Daniela se acercó y al rato llevó el café a mi mesa.
No era tan hermosa como me pareció al pasar por la vereda pero igual era una bella mujer. Delgada y muy en silueta, los cuarenta se le notaban apenas en la cara. Llevaba el pelo de color castaño oscuro y sujeto por detrás. Le consulté el porqué del nombre del lugar y ella me dijo que pronto comenzarían a dar shows de jazz por la noche.
En aquel tiempo había dejado de beber y muchas veces sentía en mi interior que me estragaba la abstinencia. La idea de asistir a escuchar música y tomar agua no terminaba de convencerme del todo.  Sin embargo, la primera noche que vi anunciada una función concurrí al Clifton Jazz como si fuera un peregrino. Tan solo anhelaba poder ver a Daniela.
Aquella vez me senté solo, en una mesa algo apartada y pedí un ginger ale.
              Sobre el pequeño escenario sonaba un trío de piano, batería y contrabajo. El verlos sentí bastante tranquilidad porque no me gusta demasiado el jazz y menos con la sonoridad de los instrumentos de viento. Prefiero el blues, al que a veces siento bastante afín al tango.
De ese modo comencé a frecuentar el Clifton Jazz.
A la tercera o cuarta noche, no lo recuerdo bien, Daniela me sirvió el ginger ale y mirándome extrañada a los ojos dijo:
– ¿No te cansas de estar solo, chico?
                – ¿De dónde eres? -Pregunté sin responderle.
                –Soy colombiana. De la ciudad bonita, de Bucaramanga.
                A partir de aquella noche todo cambió entre ella y yo. No sé explicarlo bien. Soy un tanto limitado y se nota que me faltan las palabras adecuadas para un hecho tan especial como el que sucedió aquel día. Enseguida la invité a salir porque no tuve opciones.
                –Dos condiciones. –contestó–  Ni confidencias personales, ni sexo.
                Y  entonces pensé – ¿Porqué no?
Aquello transcurrió en la primavera del 2013 pero por momentos siento como si hubiera sucedido hoy. Ya he contado lo de la dopamina y el tema de los años y el alud.
Estuvimos un mes recorriendo Buenos Aires. La llevé a algunos lugares no muy convencionales que ella jamás imaginó encontrar. Hablábamos mucho de la ciudad y de la vida en general. Aunque la condición de evitar las confidencias personales fue, digamos, unilateral. Daniela soslayó en todo momento hablar de su vida  pero se interesó mucho por la mía. En especial por mi insensata soledad –según decía. Una noche la llevé al teatro, vimos juntos La Traviata y ella lloró a mares en el final. Luego fuimos a contemplar el amanecer a la Costanera Norte y permitió que la bese en la mejilla.
Al día siguiente la segunda condición también cayó.
Finalmente  una tarde dijo que debía de regresar a Colombia. Algo la “obligaba” a ese viaje y en una semana se marchó.
Desde entonces nunca la volví a encontrar.
Daniela no contestaba mis emails ni tampoco los mensajes al teléfono celular. Intenté con discreción averiguar algo en su trabajo pero nada pude lograr.  Para mí  terminó siendo un misterio encantador y lejano que seguramente no podré resolver jamás.
Aunque nunca se sabe, quien les dice.
A veces las cosas son extrañas en este mundo. La noria del tiempo gira al ritmo del destino y en la vida solo pasa lo que tiene que pasar. Nadie puede estar seguro de nada. Y puede ser que un día me toque  volver a caminar por la esquina de mi barrio y verla de nuevo entrando agitada al local del bar.  
Exactamente igual que en aquella primavera del 2013, cuando nos conocimos en el Clifton Jazz.


©2017

jueves, 12 de octubre de 2017

El sueño eterno




Mi nombre es Alfredo Molinero, nací en la ciudad de México, en San Miguel Topilejo, allá por la salida hacia Cuernavaca. Tengo 35 años y hace diez que estoy en el corredor de la muerte. Me apresaron una noche por asesinato y desde ese día no he vuelto a salir del presidio. Estoy en una cárcel de máxima seguridad, la llamada Unidad Polunsky, en el pequeño pueblo de West Livingston, Texas.

Me condenaron luego de seis meses de haber cometido el delito en una especie de juicio sumario y entonces los años fueron pasando entre apelaciones y apelaciones.

Yo he cometido un acto cruel, no tengo dudas. Le quité la vida a un hombre, un hecho grave, por cierto. Pero ellos me tienen aquí encerrado, esperando la muerte en cualquier momento y solo salgo al exterior una hora por día. Permanezco en una celda de pocos metros cuadrados. He sido cruel pero ellos también son crueles.  Acaso más crueles que yo.

Pero hay algo que no conocen: todas las noches converso con un ángel de Dios.

Me viene a visitar desde hace tres meses a la celda.

Al principio pensé que era una especie de alucinación de mi parte. Lo miré y parecía un tanto abatido. Tenía los ojos cansados pero también un toque de orgullo en la mirada.

-Soy Lucifer –me dijo– un ángel de Dios y he venido a charlar contigo.

Y al principio me habló y me contó la historia de su caída. Al parecer había hecho algo que a Dios no le gustó y entonces fue castigado. Pero también hablamos de otras cosas. Yo le conté la historia de mi pobreza y el me habló del tema de la angustia.  Me comentó que era un ser espiritual y que no podía morir pero que también dudaba de eso.

–No sé hasta donde alcanza el poder de Dios –dijo– Puede ser que finalmente me mate.

Y yo le contesté que no se hiciera problemas, la muerte seguramente es dulce cuando uno ha sido cruel en la vida, pero creo que no lo convencí del todo.

Y así estuvo durante mucho tiempo viniendo a mi celda.

Hablábamos casi siempre de cosas importantes y yo sentí, por un momento, que sin su presencia cotidiana durante la noche no hubiera podido seguir viviendo en esa cárcel. Y en especial cierta vez, cuando fue tan enorme su consuelo a mi calvario que me postré a sus pies en señal de alabanza.

“¡No lo hagas!” –me dijo de una manera brusca– “Dios tan sólo quiere que se lo alabe a él”. Y luego desapareció,  tal como acostumbraba a hacerlo las veces en que estaba a punto de dormirme.

Hoy mi día ha llegado.

Mañana temprano seré ejecutado con una inyección. Dicen que no tendré dolores y que me iré durmiendo poco a poco.

Al atardecer Lucifer llegó para hacerme compañía y dijo por lo bajo:

– ¿Qué pedirás para la última cena?

–Un kilo de helado de menta con chips de chocolate –contesté.

–Espero que sea de tu placer –comentó–  Y luego desapareció de la celda.

Y bien, esta ha sido mi historia.

No sé cuánto durará la larga noche previa a ser ejecutado. A veces un minuto no dura un minuto, a veces un minuto es largo. Pero lo cierto es que  a mí me toca partir. Daré fin a todo este relato en el mismo momento en que la jeringa penetre en mi piel.  Hace bastante frío ahora y aunque estoy encerrado, sé perfectamente que afuera es invierno.

Hace un rato me han traído el kilo de helado de menta y no dejo de terminar de preguntarme en qué terminara este corto viaje que ahora emprendo:

El misterio de la vida y de la muerte se despliega ante mis ojos. Tal vez me toque, simplemente, dormir el sueño eterno. 



©2017

miércoles, 4 de octubre de 2017

Las tierras bajas de Holanda



          



           Respecto del determinismo, sabrás que necesito decirte algunas cosas.

Cosas que son muy importantes para mí.  

No importa, en este caso, si lo que voy a decirte lo dijo antes Spinoza.

El judío Baruch Spinoza, el de las tierras bajas de Holanda, ese que tú ya conoces muy bien. No hay coincidencia entre el enunciado y la oración. Uno enuncia una cosa y termina por decir otra. Tampoco existen parámetros para medir lo indeterminable. Las cosas se determinan ajenas a nuestra voluntad y a nuestros deseos más profundos. Yo siempre te dije –y  tú nunca aceptaste– que la psicología no era más que un mito. Hablabas siempre de una relación opresiva con tu padre. Te regodeabas en adjudicar culpas a los otros.

A mí me extrañaba que una mujer tan inteligente procediera de ese modo.

¿Te recuerdas aquel día no es cierto?

Llegué a la editorial con mi manuscrito debajo del brazo. Bueno bah, llamarlo manuscrito es inexacto. Era una copia escrita en Word y en el formato A 4. Tú estabas en la oficina anterior al Gran Jefe. Con tu pelo rubio y esa cola de caballo tan perfecta y lacia que parecía la de Palas Atenea. No sé bien que sentiste en ese instante porque nunca me lo aclaraste del todo pero yo sí puedo decirte lo que sentí: por momentos me pareció que  el “manuscrito” temblaba debajo de mi brazo. Y luego la entrevista con el Gran Jefe y su rechazo a mi novela pero además, oh sorpresa, la propuesta de que trabajara para él y que me convirtiera en productor y lo asesorara en las publicaciones. Creo que nunca te lo imaginaste, y para decir verdad, yo tampoco. Causa y efecto, determinismo puro. Un hecho sucede y provoca un efecto y ese efecto se transforma en causa de otro efecto.

Es imposible esperar algo diferente.

Yo cometí el inconmensurable error de proponerme como el gran amigo tuyo y eso convirtió en cero mis probabilidades de llevarte a la cama.

A veces bebíamos juntos en los bares en el atardecer de la ciudad, como dos compinches, como dos simples camaradas que frecuentaban las oficinas de la editorial. No nos contábamos demasiadas cosas, eso es cierto, en mi caso por pudor y en el tuyo porque yo no te lo permitía. Y luego lo inesperado y el asombro: el Gran Jefe nos invitó a su casa. Una estancia en las afueras de la ciudad que la multinacional le alquilaba para su esparcimiento. El Gran Jefe había nacido en Monterrey, en tierras mexicanas  pero estaba absolutamente enamorado de la ciudad de Buenos Aires.  A veces me confesaba, frente a los desatinos económicos de los argentinos, que temía que la Casa Central en Europa lo enviara a otra parte.

Y se dio una amistad entre los cuatro.  El Gran Jefe, su esposa y nosotros dos.

¿Te lo recuerdas no es cierto?

Casi un año entero estuvimos los cuatro compartiendo aquellas reuniones.

Una noche te llevé en taxi hasta tu casa y te recostaste en mi hombro en el trayecto. Creo que aquello fue cruel para mí. En especial porque intenté besarte ni bien llegamos al lugar  y enseguida bajaste del auto.

Luego los sucesos se aceleraron como se suele acelerar la historia.

El Gran Jefe recibió una solicitud de una novela de autor joven de parte de Gallimard de Francia y te encargó que tradujeras la mía. Yo ya tenía 45 años, así que eso de “autor joven” era un poco relativo. Pero no por eso dejé de disfrutar de lo que sucedía.

Hoy los años pasaron cómo en el vértigo incomprensible de los hechos que nos cuesta comprender a todo el mundo. Y hasta de siglo hemos cambiado.

A mí me hubiera gustado besarte, te lo juro. A mí me hubiera gustado que prefirieras que fuera tu amante y no tu amigo pero bueno, así han sido las cosas y así las dispuso el destino.  

Hoy tengo, de testigos, cada una de las esquinas de la ciudad y de los recodos de sus calles tratando que te recuerde de ese modo. No tengo alternativas. O soy parte de tus recuerdos o necesariamente tendré que olvidarte.

El Gran Jefe enseguida murió,  de causas naturales, en la Ciudad de México, allá por la populosa zona que tiene salida hacia Cuernavaca. Su esposa reside hoy  en los suburbios de París, viviendo de la pensión de su marido. Y tú te encuentras en el lugar de mis sueños más profundos. En una oficina del Universo indeterminable, rebatiendo los principios del azar.  Permaneciendo alerta para dictarme las normas que se supone que persigue  tu alma.

Y con respecto a mí, ya sabes, no necesito aclararlo, siempre he sido tu secreto enamorado desde aquella vez que me acerqué a tu encuentro con mi manuscrito de formato A 4 debajo del brazo.   

Las cosas suceden por necesidad en el mundo y yo siempre me he tomado la cuestión con calma.  Determinismo puro. Cuestiones de Spinoza, el judío Baruch Spinoza del que te hablé en un principio y que naciera en las tierras bajas de Holanda.


©2017